martes, 7 de junio de 2016

Tiempo








A Ana, gracias por 
devolverme en el tiempo.

       La única condición es que no podía contárselo a nadie. Era un secreto de familia, había dicho la abuela, con claridad rotunda, la mañana en que se lo contó. “Elige la foto que quieras, la que más te guste”, la había instruido mientras le pasaba álbumes vestidos de polvo que había sacado de un cajón que mantenía con llave.
 Ana, sin entender todavía de qué iba el cuento, había revisado los recuerdos empastados en busca de alguno que llamara su atención. Cuando lo encontró sacó de la lámina la foto y se la entregó a la abuela. “¿Estás segura de que es esta la que quieres? Mira que si te equivocas vas a tener que esperar 190 días para repetirlo”.
Ana dudó y le pidió a la abuela que volviera a mostrarle la fotografía. La examinó en detalle y dejó que en su mente se dibujara la escena retratada. Era de otros tiempos, quizá más felices, en los que la vida parecía fácil y el mar la hacía sentir llevadera. Le sabía a familia, a tranquilidad, a conversaciones perdidas en la arena.
“Estoy segura” dijo luego, a lo que la abuela asintió con la cabeza y le contó en detalle el tan guardado secreto, no sin antes advertirle que el viaje no duraba sino 20 minutos y que la única condición era que no podía contárselo a nadie.
De esa mañana hace ya mucho tiempo. El asombro de ese día se convirtió en costumbre y hoy ya casi nunca Ana viaja dentro de las fotografías. Sin embargo, los días lluviosos en los que no pasa nada, se sienta a revisar los álbumes y elige algún recuerdo que se le antoje lejano, bonito, añorante. Pone la mano sobre la foto, con los dedos bien abiertos, como le enseñó la abuela, cierra los ojos con fuerza y repite la frase que mantiene en secreto. Vuelve así, por 20 minutos, a estar en el lugar de la foto. Aunque es corto y casi siempre queda anhelante, vuelve renovada, más consciente, es como si escuchara de pronto el acelerado compás del tiempo y sintiera gratitud por los recuerdos.

 

Sara Betancur Carvajal

lunes, 6 de junio de 2016

Inexplicable






A Mariana, gracias por 
confiarme tu pasión
 



            No tengo explicación y eso es lo más bonito. A veces me parece que pensamos que las explicaciones van a revelarnos algún secreto sobre la felicidad y su receta. Pero para mí, es todo lo contrario. Creo que son las cosas que no logramos expresar en palabras, que no nos caben en el molde de las ideas lógicas, las que realmente nos llenan. Son esas las que hacen parte de la receta, si es que existe alguna.
Sobre todo lo siento con el fútbol. Me pasa cuando me exigen explicaciones porque soy una mujer aficionada a un deporte que los hombres creen suyo, como si no entendieran lo tonto de pensar que la pasión conoce de géneros.
Entonces no se los explico, no se los explico cuando me lo preguntan, cuando me miran intentando esconder el asombro y me dicen “pero por qué te gusta”. Me limito a sonreírles y les respondo que no sé. A veces porque me gusta confundirles lo que creen que está establecido, revolcarles las ideas. Pero realmente es porque no necesito explicárselos, ni a ellos ni a nadie.
Porque finalmente no necesito más explicación que la energía que me recorre el cuerpo cuando estoy sentada con mi camiseta frente a la cancha. Porque me basta la sensación inexplicable que no me deja controlar los gritos y que me hace sentir conectada a algo que es cien veces más grande que yo.

 


 Sara Betancur Carvajal


lunes, 25 de enero de 2016

Presencias

A Lilo le gusta sentárseme en las piernas, especialmente cuando tengo un pantalón de color oscuro. Antes creía que era maldad suya, pero luego de pensarlo mucho, me decidí porque era simple ignorancia.
A veces estoy leyendo en el sofá junto a la ventana y viene a visitarme. Me da golpecitos en la mano que sostiene la página del libro y me pide que vuelva del mundo en el que me sumergen las letras y converse con ella un rato. Cedo, encuentro un punto, y paro la lectura. La miro y cierro un poquito los ojos porque el veterinario dijo que así ellos entienden que uno los quiere. La acaricio y la escucho ronronear.
Cuando ya ha pasado un rato le pongo despacio la mano sobre la cabeza y le digo que voy a seguir leyendo. Entonces ella da vueltas sobre mí hasta que logra encontrar su lugar en el mundo y se acuesta de lo más elegante, como si en otra vida hubiese sido una dama de sociedad.
Yo vuelvo a encontrar el ritmo de la lectura y voy haciéndome cada vez menos consciente de su peso sobre mis piernas. Ella, por su parte, se queda mirando por la ventana en busca del lugar donde cantan los pajaritos, mientras deja que el viento la arrulle.
A ratos doblo el libro y lo cojo con una sola mano para poder acariciarla a ella con la otra. Lo hago, creo, para recordarnos a ambas que seguimos sobre el sofá junto a la venta y que es la primera tarde de enero en la que no ha llovido.

Sara Betancur Carvajal
Todos los derechos reservados

lunes, 18 de enero de 2016

Instrucciones para enamorarse


Busque a alguien, el que sea. Que se le antoje bonito, loco o indescifrable.
(Si es usted amigo de la paciencia, intente buscar las tres)
Encuéntrelo a solas, mientras toma un café o escribe en la página de algún cuaderno algo que no debe olvidar. Es muy importante que no esté acompañado, en la soledad las máscaras son inútiles y las personas parecen más reales.
Divíselo a lo lejos y respire profundo cuantas veces necesite para alejar el miedo y las dudas. Camine despacio, como quien no quiere la cosa, como quien no muere de ansias. Siéntesele en frente y espere a que sus ojos se encuentren con los suyos.
No diga nada, no se adueñe del silencio; déjelo que flote. Despeje la mente de pretensiones y mírelo. Sostenga la mirada hasta que el alma le brille en los bordes de la pupila. Permita también que su propia alma se refleje en la suya.
Puede sentir quizá que el tiempo se detiene. No se asuste, es normal; el encuentro de las almas termina siempre por entorpecer un poco el acelerado paso del tiempo".

-Sara Betancur

Vaya solo a un café


No invite a nadie, no lo publique en sus redes sociales, no diga cuando salga por la puerta y le pregunten para dónde va.
Vaya solo, con la mirada atenta, y todas las pantallas apagadas.
Pida un café o dos, échele azúcar o panela, diga que por ahora solo quiere agua.
Siéntese en una mesa, entre la gente o en una esquina, y acostumbre su oído al ruido de conversaciones ajenas.
Permítase escuchar la queja de la señora del lado porque su jugo tiene azúcar y ella es diabética. Mire de reojo la cara del mesero mientras se devuelve con el vaso e intente imaginar las palabras exactas que pasan por su cabeza.
Ríase del hombre que habla solo mientras lee su computadora. Trate de leerle los labios mientras decide cuál es el nombre de su amigo imaginario.
Sonríale al mesero cuando traiga lo que le ha pedido e intente adivinar, sin preguntarle, qué hace los domingos por la mañana cuando no tiene delantal y no lo esperan a ninguna hora en ninguna parte. Apréndasele el nombre.
Pida la clave del Wi-fi solo para comprobar creatividades. Ríase sin sutileza cuando le digan que es: payasointerior1900. Haga como si la anotara en alguna parte.
Invéntele historias a sus vecinos más cercanos, constrúyales la vida, piense lo que piensan, tema lo que temen. Elija uno y mírelo a los ojos, espere a que él lo note y sosténgale la mirada. Después de unos segundos, sonríale sin decir nada, y mire para otra parte.
Finalmente, cuando ya se haya tomado la mitad del vaso de agua o la segunda taza de café, quédese con usted mismo y escúchese.
Pregúntele cosas a sus silencios, imagínese que vería si pudiera mirarse a los ojos.
Disfrute de su compañía, deje de sentir miedo. Entiéndase un poco o confúndase más, pero haga ambas cosas con sinceridad y valentía.
Escriba dos o seis palabras y lea la última página de un libro, o, si prefiere, el párrafo de la mitad de la hoja número 45.
Párese luego, sin demasiado ruido, pague la cuenta y súbase nuevamente al imparable carrusel del mundo.

-Sara Betancur

Vaya a un lugar donde escuche los pájaros cuando despierte por la mañana


Elija un destino, el que prefiera. Uno que haya visto en un folleto o que haya escuchado en un programa de televisión un día mientras pasaba canales. No investigue mucho, no condicione la realidad, deje que el lugar lo sorprenda.
Ojalá escoja un sitio que sea lejos, ojalá no haya ido nunca, ojalá haga frío y le ofrezcan café en la entrada.
Una vez la noche haya llegando siéntese un rato en la escalera con los pies descalzos y la mirada lejos. No hable, no ocupe la mente con pensamientos de otros lugares ni de otros tiempos, esté ahí. Respiré profundo, sienta el viento, haga acuerdos con el silencio.
Luego métase entre las cobijas y vea alguna película tonta de domingo en la noche, lea el libro que hay en la mesita, o intente calcular cuántas personas han mirado también por esa ventana; pregúntese de qué color eran sus ojos, qué buscaban ellos en el horizonte. Después deje que el sueño se lo lleve sin permiso. No se asuste, no se levante en medio de la noche. Descanse, pausese en el tiempo, y permítase ser inconsciente de que la vida sigue su curso.
Despiértese por la mañana, cuando el frío de las primeras luces, que aún son tímidas, le acaricie los brazos o la punta del pie derecho que ha salido a curiosear fuera de las cobijas.
No abra los ojos, manténgalos cerrados mientras se hace consciente de que todavía respira. Sienta sus pies, sus manos, todo su cuerpo que ha estado esperándolo. Muévalo despacio, como si lo saludara. Permita luego que sus ojos se abran, a su propio ritmo, sin afanes y descubran la luz que intenta meterse por los rincones.
Sonría ante la certeza de que ha amanecido.
Vuelva a cerrarlos y escuche. Trate de distinguir la diferencia entre los sonidos. Olvídese de lo real y párese, aún descalzo, frente al árbol en el que están los pájaros. Mire hacia arriba, reconózcalos, dele las gracias por cantar para usted, por cantar para el mundo. Intente luego Identificar el sonido del viento, sígale el rastro, piérdase en sus infinitas variaciones.
Finalmente quédese en ese momento mientras se lo permitan: el horario que debe cumplir, las ganas de desayuno, la urgencia de ir al baño, el ritmo de la vida. Mientras esté ahí permanezca atento, curioso, sea detallista. Inmortalice lo que más pueda en su memoria y guárdelo todo junto: los sonidos, el frío, la luz, los infinitos significados de la palabra mañana. Déjelo cerca, donde pueda alcanzarlo sin tener que alzarse en la punta de los pies, y recurra a él cuando sienta nuevamente que el afán de la vida ha empezado a ahogarlo.
-Sara Betancur

sábado, 7 de noviembre de 2015

De atardeceres y olvidos

Alguien me dijo alguna vez que hay primeras veces que no recordamos, creo que como ejemplo citó la primera vez que vemos la luna. 
He olvidado ya la primera vez que me quedé contemplando un atardecer. Tampoco sé cuándo habrá sido la primera vez que se me ocurrió que los finales tienen algo de atardeceres. Tengo, sin embargo, razones para creer que fue cuando mamá me habló de sus episodios de pánico. 
Le empezaron a dar cuando estábamos pequeñas. Eran tiempos en que papá viajaba mucho y ella se quedaba sola en la casa. Me contaba que sentía que algo la perseguía, que era como si la vida se le viniera encima con todo su peso y la ahogara. En terapias, descubrió después, que le pasaba justo cuando empezaba el atardecer y el día iba muriendo de a poco. Le dijeron entonces que tenía que ver con eso: que el atardecer le recordaba los finales porque era el final del día. Supongo que debió ser también por la oscuridad que lo enrarece todo y porque estaba sola con dos niñas que para ese entonces eran aún más frágiles.
Los atardeceres, pienso, tienen algo de poético. Me gusta encontrar referencias suyas en las cosas que leo, así estén gastadas o suenen a mentira. Por ejemplo, encontré, la primera vez que leí El Principito, un planeta tan pequeño que de tanto girar conseguía que uno viera el atardecer hasta 44 veces.

Me pregunto si hay alguien que se canse de mirar el atardecer; alguien que no encuentre nostálgico los colores que visten al cielo; alguien que no sienta añoranza cuando el viento de las 5 le revolotea cerca. 

De los atardeceres lo que más me gusta son los arreboles. La primera vez que supe que era así como se llamaban fue en una conversación con papá que tenía algo que ver con una canción de tango. Supongo que me gustan porque me parecen curiosas las nubes y su innegable parecido con el algodón de azúcar. 

Me perdí. 

Un momento. 

No recuerdo qué era lo que quería decir. 

Empecé pensando: "quiero escribir  algo sobre los atardeceres y la manera en la que hacen que los ojos se sientan enamorados". Pero me he perdido en tanta referencia. 

Me imagino que debía ser algo sobre como los atardeceres nos recuerdan lo inevitable de los finales y vuelven más real el imparable paso del tiempo. Pero realmente no lo sé. La tarde cae de a pocos frente a mi ventana y ha hecho que olvidé el momento y me devuelva a otros tiempos, de palabras ya pronunciadas. 

Prometo, sin embargo, que cuando lo recuerde, voy a escribírselos. 



Sara Betancur Carvajal