jueves, 1 de octubre de 2015

El arte de suspender personajes

Este texto no es para los escritores, que tienen el punto y la coma y mueven las letras con la facilidad del niño para soñar imposibles. No es para ellos que por ratos -mientras escriben- son dueños de otros destinos. Este texto es para usted y para mí que leemos esos personajes que bailan al son de ritmos que no nos pertenecen.


Los libros capturan con letras a los personajes, los condenan a vivir y revivir la misma historia. Caminar los mismos senderos, enamorarse de la misma mujer, mirar por primera vez -un millar de veces- los mismos ojos cafés que parecen almendras. Entonces, cada vez que un nuevo lector se atreve a abrir la portada de un libro, los personajes, como buenos actores de teatro, se alistan el traje, se peinan el pelo y fingen desconocer las palabras exactas que hay entre la primera mayúscula y el obligatorio punto final.
La magia de leer recae precisamente en dejarse enredar por esa actuación de desconocimiento que forja la ilusión de que no todo está escrito, que nos hace parecer creadores de historias que nos son ajenas pero que leemos tan propias.
Aunque la labor del lector no es crear el personaje, sí es guiarlo a través de las páginas. Entre sus manos no tiene un trabajo fácil. El lector asume, desde la primera palabra, el deber de acompañar a los personajes mientras las hojas se van acabando. Entiende que ellos no pueden moverse solos, que necesitan de unos ojos que los lleven, como manos, a recorrer destinos que ya conocen. El lector entonces -el buen lector- está obligado a leerlos despacio, a seguirlos de cerca y escuchar el imaginario compás con la que laten sus corazones.
Debe hacerlo así y lo sabe. Debe hacerlo así porque solo de esa manera habrá valido la pena volver a recorrer los mismos escenarios como si se tratara de lugares extraños y desconocidos. Solo así la historia habrá logrado trascender de la última página, ya en blanco, en forma de memoria a pasear por lejanos horizontes.
Es en ese proceso de leer -de acompañar- que el lector se vuelve consciente de su capacidad de suspender personajes. Creo que ocurre después de que entiende que el ritmo de la historia se adapta a su ritmo propio (a las pausas que hace, a los puntos y aparte que pasa por alto), aunque bien puede ocurrir después.
No se trata de un descubrimiento estruendoso, es silencio y sutil, delicado y capaz de dibujar una sonrisa cómplice. Diría yo que sucede la primera vez que cerramos el libro y arrinconamos nuevamente las páginas, una junto a otra. Ahí detenemos la historia, oprimimos, sin oprimir, un botón de pausa, que no existe. Suspendemos los personajes que se quedan quietos como pedacitos de polvo flotando en el aire, forzados a esperar que el capricho de leer nos vuelva a palpitar en el alma.
A veces, les toca quedarse, pacientes, frente a la puerta de alguien al que temen ver; en el mar a merced de un pez que aún no han visto o en la eterna noche a la espera de una llamada. Otras veces, en cambio, tienen suerte y pueden reposar en el beso que esperaron durante 30 páginas.
Suspender personajes solo por suspender, porque el cansancio nos salió en bostezo o porque los parpados caen ante el peso de la noche, no es una gran hazaña. Les pasa, sí o sí, a todos los lectores. En cambio, el arte de suspender, solo es propio del buen lector.
Esos, que se saborean los libros, como dejándose seducir por el aroma que se esconde entre las páginas, no paran al azar a menos que se les escape de las manos. Esperan siempre un lugar seguro donde dejar al personaje; un punto entre las letras del que no pueda escapar, en el que se quede quieto y no tenga oportunidad de hacerse daño mientras no lo ven. Pero sobre todo, los que saben de suspender personajes, paran el libro para prolongar los buenos momentos.
Es como una estrategia, como una revolución en contra del tiempo. Con ello se niegan a que las páginas, que saben que faltan, devoren el momento esperado demasiado pronto. Detienen la historia para que no se quiebre, para que repose y sienta por un instante que no hay más acontecimientos esperándola. Es su manera de decir quiero que acabe aquí porque tengo miedo, miedo de que se dañe, de que me envuelva, miedo de que se me entre en el corazón y nunca más vuelva a salir.
Suspendemos los personajes reclamando una responsabilidad que realmente no queremos asumir. Lo hacemos para exigir potestad sobre el punto final que no nos pertenece. Sin vergüenza, lo hacemos para lavarnos las manos, para decirles a los personajes: “si fuera por mí hasta aquí iría la cosa”, para pedirles perdón de que la historia no acabe como ambos esperan, para dejarlos respirar mientras sonríen inocentes.
Lo hacemos sabiendo que con ello no vamos a lograr que la historia termine. No es un misterio que así suspendamos los personajes seis veces o solo dos, la historia va a continuar y acabara siempre como acabo la primera vez. Pero lo seguimos haciendo porque es la última herramienta que tiene el lector para luchar contra un final que inevitablemente lo acecha unas páginas adelante. Finalmente, El arte de suspender personajes, no es más que la oportunidad de sentir que la historia nos pertenece, aunque sea un poco, aunque sea efímero.



Sara Betancur Carvajal 



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domingo, 13 de septiembre de 2015

“Pintar es volar”



Ángela está sentada en la silla, como siempre. Al frente tiene el caballete y la hoja pegada con cinta de enmascarar. Al lado izquierdo una tapa de Bon Yurt que juega a ser recipiente de agua, las acuarelas; amarrilla, naranja y café. Al derecho un trapo con restos de otras obras. 
-¿Lo corro más? Pregunta doña Adela. 
-Otro poquito. Responde Ángela moviendo la cabeza hacia la hoja para comprobar la distancia. 
Doña Adela acerca el caballete y le ofrece 4 pinceles en la mano. 
-¿Con cuál va a pintar hoy?
Ángela los mira, evalúa sus tamaños. Ha decidido hacer un caballo que la profesora Dora le mostró en la tablet. Lo primero que tiene que hacer es dividir el espacio y para eso utiliza figuras geométricas. En este caso, como solo es la cabeza del animal, tiene que hacer un círculo y dos triángulos. 
Lo mejor es el pequeño, decide, y acerca la boca al pincel de la mitad. 
Le gustaría cogerlo con la mano, la izquierda o la derecha, cualquiera. Pero tiene ambas sobre las piernas, como una niña a la que le han enseñado buenos modales. Al igual que los pies, están amarradas con un retazo de tela verde. El torso no escapa. También está sujeto a la silla de cuatro llantas con unas correas que parecen los cinturones de seguridad de una montaña rusa. 
Acomoda el pincel moviendo los dientes. No es un pincel común. Es una especie de figura fantástica. Como un centauro: mitad caballo, mitad hombre, o como una de las formas que le gusta pintar a Ángela: mitad árbol, mitad humano. Por un lado está la brocha, pero por el otro, la parte de arriba de un sharpie que perdió su tinta.
Baja la cabeza hacía al agua, unta el pincel y lo pasa por la acuarela. Controla los movimientos involuntarios de su cuello rebelde. Voltea a la derecha y lo limpia un poco en el trapo, no quiere que chorree sobre el lienzo. Lo levanta y lo pone frente a la hoja. A punto de tocarla para. Las manos y los pies no dejan de moverse, parecen espectadores impacientes. Ángela respira profundo, intenta calmar los temblores de su cuerpo, no está dispuesta a permitirles que le dañen el trazo. 
Los movimientos merman un poco y el pincel toca por fin la hoja; la recorre despacio. Una línea amarilla va apareciendo a su paso, es corta y frágil. No pasa mucho antes de que el pincel se seque y Ángela tenga que repetir el proceso de nuevo. 

El cerebro tiene infinidad de funciones, pero todas podrían dividirse en dos grandes grupos. Las habilidades motoras y las habilidades cognitivas. Ángela tiene las habilidades cognitivas intactas. En su mente es una mujer de 24 años común y corriente que se ríe de los chistes de doble sentido  y entiende las complicaciones de una cirugía. Pero la parte motora no le responde. Parece desconectada. Su cerebro lanza todo el tiempo impulsos sin propósito. Mueve los pies y las manos de Ángela como y cuando le da la gana. Ella da la pelea, intenta controlarlos, pero el cerebro es más fuerte y casi siempre gana. 
“Es una Cuadriparesia Espástica Severa”, explica Ana Cristina Galeano, directora de Artesas, la institución a la que Ángela asiste. Un nombre complejo para referirse a un problema complejo. Cuadri significa cuatro y se refiere a las cuatro extremidades del cuerpo: las manos y los pies. Paresia quiere decir que es parcial. Diferente a plejia que significa total. Parcial porque Ángela puede, a veces cuando el cerebro está cansado de batallar, moverse voluntariamente. Espástica significa rígida, lo que finalmente traduce que sus músculos no están relajados e impotentes, sino rígidos, como en un esfuerzo constante. Bueno, y de severa, no hay mucho que explicar. 
 
Cuadriparesia Espática Severa es el término médico para decir que la mente está atrapada en el cuerpo. 

No es una enfermedad genética. Se trata de una complicación prenatal. Es decir, que sucede al  momento del nacimiento, cuando por diferentes razones el bebé no alcanza a recibir en el cerebro la cantidad de oxigeno que necesita. Con Ángela no fue así. El parto, al igual que el embarazo, transcurrió sin complicaciones. El 17 de julio de 1990, faltando cinco minutos para las 12, Ángela María Rubio Quintero respiró el primer aliento de vida como un bebé común y corriente. El problema vino después. 

“Las enfermeras la colocaron boca abajo”, cuenta doña Adela con la resignación de un dolor que no ha encontrado respuestas en el paso de los años. Ese error, pequeño, lejano, le provocó a Ángela un paro respiratorio de media hora. “Cuando la revivieron me dijeron que había convulsionado y que ya no sería la misma”.  

A los cinco años, mientras un chico en algún lugar del planeta jugaba a construir mundos imaginarios, Ángela convulsionó por segunda vez. “Fue ahí cuando realmente supe la magnitud del problema”, explica doña Adela. 

Las vueltas no han parado desde entonces. Doña Adela ha tenido que buscar ayudas que el Estado no tiene, o que dice tener, pero que se quedan en escenarios de papel que no alcanzan magnitudes reales.

La única ayuda que pasó de ser idea a convertirse en realidad fue el subsidio de discapacidad que ofrece la Alcaldía. Pero para eso doña Adela tuvo que hacer una fila desde las 5 de la mañana hasta las 6 de la tarde en La Alpujarra. Mientras Ángela la esperaba en una cama incapaz de moverse, derramando lágrimas que gritaban hambre y sed. 

La experiencia les dejó dos cosas: una, el subsidio de la alcaldía, (120 mil pesos bimensuales) que aunque no alcanza para mucho, es algo. Y dos  la estrategia de los pajaritos. 

“Nos volvimos como pajaritos, explica Ángela, si ella sale y se va a demorar yo le pido que me marque dos veces al teléfono. Si en cambio está cerca solo me tiene que marcar una. Yo no puedo contestar pero al menos sé qué me espera, y estoy más tranquila”. 

Antes de toparse con el arte eso era todo lo que Ángela recibía al mes. Pero un día, como un encuentro inevitable planeado por el destino, Ángela descubrió lo que sería el motor de su  vida. 

Tenía 10 años. Era diciembre y mi mamá estaba sacando todo lo que no servía y en esas cosas había una cerámica empezada a pintar y se me ocurrió pedírsela. Ella la iba a botar porque tenía una rajada. Yo se la pedí y le dije que si me compraba vinilos y pinceles. Lo primero que pinté fueron manchones, pero vi que era capaz y seguí pintando”. 

La cerámica, una vaca pintada con machas irregulares de color pastel, está hoy al lado de la cama donde Ángela duerme. Parece un diploma alcanzado con esfuerzo. “Es una reliquia”, dice doña Adela. Y tiene la razón.  Esa vaca, que para quien no conozca la historia carece de todo sentido, tanto estético como trascendental, es el símbolo de la capacidad que se esconde en la palabra con la que el mundo califica a Ángela: discapacidad. Esa vaca es la prueba de que ella es más que el término médico que intenta encasillarla. 

Han venido muchos trabajos después de ese, cada uno mejor que el anterior. La casa de Ángela, un corredor largo y oscuro, es su propia galería de arte. En la sala hay cuatro cuadros. Todos de ella. El de la pared de la izquierda lo pintó a los 11 años. Son peces y mariposas nadando juntos en un océano de azul vinilo. Es el que más le gusta. "Me ofrecieron comprármelo, pero no. Tiene más valor que eso". El segundo de la pared de la derecha es un bodegón de flores. El que está más cerca de la entrada es un pájaro azul que sobrevuela un paisaje perteneciente a una realidad lejana e intangible. Y el último es un árbol con cinco pájaros en las puntas de sus ramas que esperan pacientes el fin del atardecer. 

El talento de Ángela no encontró apoyo en Colombia, pero sí en Suiza, donde por razones del destino conoció la Fundación de Pintores con la Boca y con el Pie, de la que ahora es miembro activo. Recibe un apoyo económico para sus estudios y envía obras dos veces al año. Participa en exposiciones fuera de las fronteras de un país en el que la palabra arte parece ajena. “Si alguien se enamora de un cuadro de ella, puede comprarlo. Cuenta doña Adela. Pasó una sola vez, le compraron una pintura por cinco millones ochocientos. La fundación le envía el 10 por ciento”. 

Aquí, en cambio, la situación es otra. También expone, a veces, en pequeños recintos que todavía creen en el arte. También hay gente enamorada de sus pinturas, por su puesto, pero es un amor que muere cuando Ángela propone los precios, (100 o 200 mil pesos). Finalmente seguimos siendo ciudadanos de mentes pequeñas en las que no cabe el verdadero valor del arte. 

Pero a Ángela no la afecta. No le importa lo que la gente piense de sus pinturas, ni  el sudor que baja por su cuello a cada pincelada. Ignora las sacudidas que da su cuerpo sin avisarle. Hace caso omiso y sigue pintando, trazando un mundo que está en su cabeza y que nadie más que ella puede ver en totalidad.

“Pintar es volar” dice, porque es eso lo que hace. Ángela vuela con alas hechas de vinilo que le salen invisibles a los lados de la silla de ruedas. Vuela por paisajes de colores que nacen en cada pincelada de imaginación, que su boca y el pincel, como dos cómplices de viejos tiempos, plasman sobre el lienzo. 






Sara Betancur Carvajal 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Como una sombra


Cuando era pequeña mi mamá manejaba con un cojín en la espalda. Quería estar lo más cerca del volante que le fuera posible. La hacía sentir segura. Como era bajita se consiguió el cojín.
– ¿Es difícil manejar? Le preguntaba yo siempre. –No, me respondía ella mirando al frente, es solo difícil al principio. Después se te vuelve de memoria.
El problema con las cosas que se vuelven de memoria es que uno ya no las piensa, no son actos conscientes. Suceden en un ...lugar de la cabeza que está escondido. En la parte de atrás, creo.
Hay muchas rutas para llegar a casa. He probado casi todas. Pero la que más me gusta es la del puente. Me siento en otro lugar, lejos. Cuando lo recorro de un lado al otro y las luces en lo alto van quedando atrás me parece que el cielo se ve más bonito.
La autopista se sentía inútil recorrida por tanto silencio. Me parece loco cómo la ciudad cambia. Es como si el sol la agitara, la llenara de afán. Luego, de noche, es otra cosa. No había luna, creo, no sé, no miré, estaba ocupada cantando.
Cerré las ventanas porque hacía frio y porque el ruido del viento me molesta a veces. Me suena parecido a cuando el televisor se daña y la imagen se la comen unos puntitos blancos y negros. Fui demasiado consciente de que estaba sola y le subí a la música. Era una canción viejísima, de cuando tenía las manos más pequeñas.
Para coger el puente hay que dar una curva. Una curva grande, que parece el tramo de una escalera en espiral. No me acuerdo a cuánto iba cuando la cogí, no me acuerdo si quiera si todavía sonaba la misma canción o había pasado otra. Manejaba de memoria.
Creo que lo primero que vi fue la bicicleta. O tal vez fueron los ojos. Estaban abiertos de par en par, no sé si llenos de miedo o de sorpresa. Creo que él tampoco. Pero diría que era una mezcla exacta de ambas cosas.
El movimiento del carro me recordó al del carrito de monedas que había siempre afuera del supermercado donde de pequeña acompaña a mamá a mercar. Fue como si saltara, pero no como se salta cuando se tiene la intención de volar, sino como se salta cuando quiere uno desafiar la solidez del suelo. Algo se rompió abajo, como la cascara de un huevo. Frágil y para siempre.
Frené después, las llantas chillaron, nerviosas. Me entró de repente un frío como de otro tiempo. Un sabor a pánico me recorrió la boca. Me obligué a mirar por el retrovisor, no quería. La curva estaba atrás, siniestra, cómplice. No pasó nada me dije, no pasó nada. Pero ahí estaba, podía verla. Junto a la bicicleta, tendida en el suelo, una masa inerte como una sombra.



Sara Betancur




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lunes, 31 de agosto de 2015

Un viento de otro norte

El lugar era el mismo. La forma del techo del balcón arrinconaba la luz y le ponía límites en línea recta sobre el suelo. Las mesas en los mismos sitios, como lunares condenados a nunca moverse.
Me senté en la esquina, como aquella vez. Me parece ahora que hay algo de anhelo en las costumbres. La matita del lado se había vestido de un verde primaveral. No como cuando vinimos. Esa vez estaba dormida. Ahora tenía todas las hojas despiertas y juntas, como pájaros que intentan darse calor.
Eran cuatro, las conté. En la primera, la que queda cerca del pasillo, estaban dos mujeres distraídas en sus celulares. Al lado de la mía no había nadie, pero en la que quedaba diagonal, una pareja se miraba a los ojos y sonreía. No los miré demasiado tiempo. Hubiera terminado encontrándoles similitudes y me hubiese perdido como si estuviera viendo la película de lo que pudo ser. Además, ya sabes que mirar por demasiado tiempo, siempre termina pareciendo un acto de mala educación.  
El mesero me saludó, creo que me reconoció. Estar sentada en el mismo lugar, fue una pista demasiado contundente. Me preguntó si esperaba a alguien y me quedé callada, no supe responderle. ¿Esperaba a alguien? Me pregunté mientras él me miraba en silencio. No, le dije. La persona a la que esperaba no iba a necesitar de otro mantel, ni de un par adicional de cubiertos. Pregunta mal, quise indicarle cuando lo vi alejarse en busca del té que le había pedido, debe preguntar si viene alguien más, no si espero a alguien. Ambas preguntas no caben en la misma respuesta.
Tomé  el té con pitillo y sin darme cuenta. Cuando lo terminé, no quedaba ya nadie en ninguna de las cuatro mesas y los bordes de la luz en el suelo habían perdido la rigidez. Por un segundo me perdí mirando al frente, a la silla vacía, y me pareció ver el humo de tu cigarrillo flotando, como atrapado. Me recordó a alguien que no se mueve porque tiene miedo de que todo cambie.
Pero no había ni humo ni cigarrillo. No era más que la ilusión de un recuerdo que intentó materializarse. Me vino a la memoria un poema que leí hace ya mucho tiempo, cuando tenía la mente más joven. Hablaba sobre los lugares en los que dos personas coinciden sin saberlo. Los tactos que se sobreponen inocentes, como parte del juego del destino, del que conocemos tan poco. Sentí que esa silla guardaba aún algo de tu esencia, que el eco de las risas pasadas había logrado aferrársele a la piel.
Cerré y abrí los ojos dos veces, con fuerza. Como sabes que hago siempre que un pensamiento amenaza con salírseme de la cabeza. Es inevitable pensé, es inevitable esperar. Retirarse, dejar de buscar, aceptar, negar, correr, quedarse. Todas son decisiones que dependen de nosotros. Pero esperar, no. Esperar no nos pertenece. Esperar es una decisión del alma y como todo lo que tiene que ver con el alma, escapa a toda orden.

Finalmente no somos tan diferentes de los árboles, me dije. Podemos movernos, sí. Pero, como ellos, parecemos estar siempre esperando algo ajeno a nosotros mismos. Un viento quizá, que venga de otro norte. O un soplo de cinco de la tarde que suene a esperanza cuando se mezcle entre las hojas.  




Sara Betancur Carvajal 





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martes, 21 de julio de 2015

Dos ventanas, un sueño

El viento se ha ido de vacaciones. La noche negra, el calor infernal, las ventanas de las casas abiertas de par en par en una súplica silenciosa. Ella parada junto a la suya, con los mismos ojos curiosos que ha tenido siempre. En frente otra ventana, cerrada. Debe ser la única, se dice, la única en el mundo. 
En la repisa hay un vaso que ha querido jugar a los disfraces y hace de florero; en él una flor amarilla como la de un guayacán solo que más pequeña y menos real; al lado una lámpara de vela, sin vela, sin luz; de vidrio verde y con unos arabescos que le recuerdan a los vitrales de una iglesia. Los destellos de luz que se desprenden del televisor encendido, como cada lunes por la noche, le dan forma al espacio.
Si se queda sentada, donde está, no puede ver nada más. Curiosa se levanta un poco, despacio, con cuidado de no hacer ruido; como si pudieran escucharla, como si el sonido pudiera quebrar el momento.
Ahora puede verlo. La mujer parece concentrada, el hombre en cambio parece estarle diciendo todas las palabras que se sabe. Ella no puede escucharlas, pero se las imagina. Hay un momento en el que los dos se miran, como si existiera entre ellos un puente capaz de escapar a la realidad. Ella parpadea, dos veces. El, ni una sola. Luego se acercan, de a pocos, como quien camina sobre un sueño y se besan justo antes de que la pantalla se funda en negro y aparezcan los créditos bailando de abajo para arriba. 
El hombre, sentado en un sofá que en la oscuridad parece no tener color alguno, toma con potestad el control y hace que las bailarinas letras desaparezcan. La luz que entra por la ventana es ahora lo único que permite ver la escena, que a la sombra parece más joven. El hombre del sofá se para, acomoda su pantalón y pone las manos a ambos lados de su cabeza. Le parece, a ella, que quisiera taparse los oídos para que no se le salgan a chorros los pensamientos. Cierra los ojos con fuerza y cuando vuelve a abrirlos baja de nuevo los brazos y camina arrastrando los pies, como si la vida le pesara, hasta que sale de la habitación.

La mujer en la ventana vuelve a sentarse. Entrecierra los ojos en un esfuerzo sutil por encontrar las ideas. Las caras de los personajes del televisor se le dibujan en la memoria. Le parece que ya los ha visto, en otra parte, en otra vida. No sabe por qué, pero tiene la sensación de que los conoce de algún lado. Parpadea varias veces para ahuyentar la duda, pero la pregunta no se va,  permanece ahí como la última esencia de un sabor que se niega a abandonar la boca.



Sara Betancur Carvajal 

lunes, 8 de junio de 2015

La luna baila



A Andrés, gracias por direccionar mis ojos. 


Los grillos cantan la misma canción de todos los tiempos. Del ruido de la ciudad no se escucha ni el eco. Las montañas insinuadas, las casas que se han vuelto titilos de estrellas y las adornan. La noche negra. ¿Hasta dónde llega el horizonte? 
El rojo resplandor que las nubes esconden, sutiles, como un buen secreto que se asoma en una cómplice sonrisa. Él, en silencio y atento, la mira. Ella, distante, le devuelve la mirada con esos ojos que ya lo han visto todo. Parece que bailaran. Las caprichosas montañas la dejan ir y ella brilla libre, está a sus anchas en el inmenso cielo que es suyo. De pronto, deja de ser ese esbozo de un resplandor ajeno y va tomando forma, como coqueteándole y él no puede mas que seguirla, recorrer con los ojos su camino. Ya no mira nada más, la mente se le despeja como el cielo y la boca inevitablemente se le abre con asombro. Sonríe. Ella que solo brilla, roja como los labios perfectamente pintados de una mujer que intenta coquetearle a la vida, le recuerda de pronto lo pequeños e insignificantes que somos. Intenta retratarla inútilmente con el lente de su cámara, pero ella no se deja. Entonces se limita a detallarla, toda, despacio. La fotografía con los ojos que agradecen poder verla por primera vez sin el vidrio de las gafas que antes los separaba. 
Las siluetas se intensifican, la luna baila más despacio. No tiene afanes, las siguientes horas son suyas; el mundo la espera, y ella, a sabiendas de su redonda belleza, se hace esperar. Aunque sabe que no puede, quisiera alcanzarla, bailar con ella, probar a qué sabe esa voz que solo escuchan las estrellas.


Sara a Betancur Carvajal 




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lunes, 18 de mayo de 2015

De llaves y recuerdos

La llave no entra. Ya le dio vueltas, ya la forzó, pero no entra. Tiró la caja, como siempre. Como cada primer domingo del mes. 

Sigue tan cerrada como antes o incluso más, ¿aumenta el tiempo la fuerza del candado o la reduce? Seis meses y seis intentos parecen apuntar a que la aumenta. O puede que no. Puede que sea la llave. Nada abre sin la llave correcta, sin importar cuanto tiempo pase, sin importar si se debilita o se fortalece. 

La fuerza con la que el candado protege la caja contradice la debilidad con la que su mente intenta recordar lo que hay guardado en ella. El tiempo es un borrador y la memoria está escrita a lápiz. 

Sabe que podría dañarla, coger un cuchillo y abrirla por un lado. Pero no quiere. Quiere que la llave aparezca el día que tenga que aparecer. No quiere retar a la suerte y terminar abriendo recuerdos el día incorrecto. Quiere que cuando por fin el candado ceda, sea culpa de la vida y no de ella.

Él le escribía, no mucho, ni todo el tiempo. Pero ocasionalmente encontraba notas en los bolsos, debajo de la puerta o en la almohada. No eran actas ni poemas. Eran frases sencillas, escritas a la ligera. Letras con alma de palabras. Las leía siempre más de una vez, sonreía y las metía con cuidado dentro de la caja.

Hubo un tiempo en el que cambió las letras por dibujos. Entró a unas clases que encontró por internet y todos los miércoles a las seis le hacía garabatos a lápiz mientras el profesor explicaba la técnica del día. Le dibujaba dinosaurios y toda clase de cosas sin sentido que ella creía comprender. Como si se dijeran secretos sin saberlo a través de esos dibujos que parecían hechos al azar. Esos también los guardaba.

Cree que también guardó uno que otro caucho que el categorizó de anillo y que le entregó de rodillas, como debe ser. No sabe cuántos fueron, no se acuerda cuántas veces le dijo que sí. Pero tiene de algún modo la certeza de que fueron muchas. 

Hay más cosas, está segura, como quien sabe que afuera llueve solo por el leve sonido que deja la gota cuando besa el techo. Pero no puede comprobarlo porque cerró la caja. 

Siempre fue un hombre libre, él, con los pies en el cielo. Siempre quiso viajar y soñar otros sueños en ajenos horizontes. Parecía un colibrí, le decía ella, siempre queriendo escapar como si todo fuera para él una jaula. Se demoró, porque la libertad se acostumbra al encierro, pero finalmente se acuerda de su esencia y le vuelven a salir alas. A él también le pasó, se acostumbró un rato, dibujó, escribió, la cogió de la mano cuando acariciaban juntos las aceras y luego un día, por la tarde, se despidió de ella. Me voy, le dijo. Ya sé, respondió ella. Siempre lo supo. 

Quiso guardarlo también a él en la caja ese día, pero no hubiera cabido. 

Temió que los recuerdos de la caja se fueran también con él y la cerró con un candado. La llave la botó al a basura. Aunque si alguien le pregunta dice que la ahogó en el mar. 

Al principio estuvo tranquila, construyó la certeza de que dentro de la caja también estaba él. Pero los días fueron pasando y empezó a sentirse mortificada. Ya no recordaba si se le hacían huequitos en los cachetes cuando se reía; empezó a olvidar la forma en la que él parpadeaba cuando hablaban del destino. Quiso desesperadamente sacarlo de la caja. Volver a encontrarlo ahí, como lo había dejado. Recordarlo con pruebas, para estar segura de que había sido real. 

Pero tenía miedo de las mismas cosas. De abrir la caja y no verlo, de que los recuerdos sin él, no fueran más que papeles mal doblados y guardados a la fuerza. 

Se le ocurrió entonces un plan. Compraría una llave el primer domingo de cada mes e intentaría abrir el candado. Parecía bastante útil en ese primer momento, ahora no lo parecía tanto. Ya Había ido a ferias, a almacenes de objetos inútiles, a almacenes de objetos útiles. Incluso, había encontrado una que otra escondida en el desorden. Pero, al igual que esta, ninguna había abierto el candado. 

Al parecer abril tampoco era el mes para recordar. Ya vendrá mayo, se dijo. Recogió la caja y la subió nuevamente a la repisa. 


Sara Betancur Carvajal




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