...Porque quiero que sean como mariposas, para que vuelen y aviven la imaginación de quienes las lean. Para que sean un indicio de algo, de las cosas que no se pueden ver pero existen, de que el mundo de la imaginación vale la pena.
lunes, 19 de octubre de 2015
Instrucciones para enamorarse
Busque a alguien, el que sea. Que se le antoje bonito, loco o indescifrable.
(Si es usted amigo de la paciencia, intente buscar las tres)
Encuéntrelo a solas, mientras toma un café o escribe en la página de algún cuaderno algo que no debe olvidar. Es muy importante que no esté acompañado, en la soledad las máscaras son inútiles y las personas parecen más reales.
Divíselo a lo lejos y respire profundo cuantas veces necesite para alejar el miedo y las dudas. Camine despacio, como quien no quiere la cosa, como quien no muere de ansias. Siéntesele en frente y espere a que sus ojos se encuentren con los suyos.
No diga nada, no se adueñe del silencio; déjelo que flote. Despeje la mente de pretensiones y mírelo. Sostenga la mirada hasta que el alma le brille en los bordes de la pupila. Permita también que su propia alma se refleje en la suya.
Puede sentir quizá que el tiempo se detiene. No se asuste, es normal; el encuentro de las almas termina siempre por entorpecer un poco el acelerado paso del tiempo".
Sara Betancur
martes, 6 de octubre de 2015
Repisa de recuerdos
La primera vez que vi la foto debía tener unos 6 años. Estaba en la pieza de Victoria, en la
parte de arriba de una repisa incrustada en la pared. Me parece que al lado había una mujer
negra de vestido rojo que bailaba tango a la luz de un farol. Al fondo se veía el mar, gris,
porque en ese entonces todavía no se conocían los colores y las cámaras. En primer plano
estaba la abuela- antes de ser la abuela- de falda ancha y cintura angosta parada junto al
abuelo que tenía unos ojos muy similares a los de ahora. No sé si eran felices, pero parecían.
No sé si sabían en ese entonces que el tiempo pasaría tan rápido. No sé tampoco si era la
primera vez que el mar los veía juntos.
La cámara la encontré después, mucho después, en otra repisa. Estaba en un rincón, también en la parte de arriba, en la biblioteca de Carlos. La vi cuando nos invitó a conocer su casa en el bosque que parecía salida de un cuento que papá nos leía por la noche cuando todavía no entendíamos el secreto de las silabas. Creo que debió sentirse sola y extraña en ese rincón encima de todos esos libros con nombres en francés. “Es la cámara de la luna de miel de los abuelos”, me dijo Carlos cuando le señalé curiosa el aparato. La bajó para que la viera, para que comprobara yo misma, mirando por la rendija de arriba, que todavía servía a pesar de que estaba cubierta de polvo y los dos lentes se habían vuelto del color de la ceguera.
Ahora la cámara es mía y descansa en mi repisa. A veces la miro e intento imaginar las manos del extraño que la sostuvieron mientras los abuelos posaban y el mar silbaba infinito. La miro envidiosa de que los haya conocido en otro tiempo de sueños más jóvenes. Quisiera que hablara y me contara historias, me gustaría que me describiera la forma en la que se miraban los abuelos antes de saber que pasarían los siguientes 50 años juntos, antes de que vieran crecer los hijos, antes de que la vida llegara para cambiarlo todo.
Espero algún día, cuando los recuerdos tengan que ser repartidos porque juntos duelen demasiado, quedarme con la foto y ponerla junto a la cámara. Me gustaría reencontrarlas como a dos viejas amigas y escucharlas a escondidas mientras se susurran recuerdos ajenos.
Sara Betancur Carvajal
La cámara la encontré después, mucho después, en otra repisa. Estaba en un rincón, también en la parte de arriba, en la biblioteca de Carlos. La vi cuando nos invitó a conocer su casa en el bosque que parecía salida de un cuento que papá nos leía por la noche cuando todavía no entendíamos el secreto de las silabas. Creo que debió sentirse sola y extraña en ese rincón encima de todos esos libros con nombres en francés. “Es la cámara de la luna de miel de los abuelos”, me dijo Carlos cuando le señalé curiosa el aparato. La bajó para que la viera, para que comprobara yo misma, mirando por la rendija de arriba, que todavía servía a pesar de que estaba cubierta de polvo y los dos lentes se habían vuelto del color de la ceguera.
Ahora la cámara es mía y descansa en mi repisa. A veces la miro e intento imaginar las manos del extraño que la sostuvieron mientras los abuelos posaban y el mar silbaba infinito. La miro envidiosa de que los haya conocido en otro tiempo de sueños más jóvenes. Quisiera que hablara y me contara historias, me gustaría que me describiera la forma en la que se miraban los abuelos antes de saber que pasarían los siguientes 50 años juntos, antes de que vieran crecer los hijos, antes de que la vida llegara para cambiarlo todo.
Espero algún día, cuando los recuerdos tengan que ser repartidos porque juntos duelen demasiado, quedarme con la foto y ponerla junto a la cámara. Me gustaría reencontrarlas como a dos viejas amigas y escucharlas a escondidas mientras se susurran recuerdos ajenos.
Sara Betancur Carvajal
jueves, 1 de octubre de 2015
El arte de suspender personajes
Este texto no es para los escritores, que
tienen el punto y la coma y mueven las letras con la facilidad del niño para
soñar imposibles. No es para ellos que por ratos -mientras escriben- son dueños
de otros destinos. Este texto es para usted y para mí que leemos esos
personajes que bailan al son de ritmos que no nos pertenecen.
Los libros capturan con
letras a los personajes, los condenan a vivir y revivir la misma historia.
Caminar los mismos senderos, enamorarse de la misma mujer, mirar por primera
vez -un millar de veces- los mismos ojos cafés que parecen almendras. Entonces,
cada vez que un nuevo lector se atreve a abrir la portada de un libro, los
personajes, como buenos actores de teatro, se alistan el traje, se peinan el
pelo y fingen desconocer las palabras exactas que hay entre la primera
mayúscula y el obligatorio punto final.
La magia de leer recae
precisamente en dejarse enredar por esa actuación de desconocimiento que forja
la ilusión de que no todo está escrito, que nos hace parecer creadores de
historias que nos son ajenas pero que leemos tan propias.
Aunque la labor del
lector no es crear el personaje, sí es guiarlo a través de las páginas. Entre
sus manos no tiene un trabajo fácil. El lector asume, desde la primera palabra,
el deber de acompañar a los personajes mientras las hojas se van acabando. Entiende
que ellos no pueden moverse solos, que necesitan de unos ojos que los lleven,
como manos, a recorrer destinos que ya conocen. El lector entonces -el buen
lector- está obligado a leerlos despacio, a seguirlos de cerca y escuchar el
imaginario compás con la que laten sus corazones.
Debe hacerlo así y lo
sabe. Debe hacerlo así porque solo de esa manera habrá valido la pena volver a
recorrer los mismos escenarios como si se tratara de lugares extraños y
desconocidos. Solo así la historia habrá logrado trascender de la última página,
ya en blanco, en forma de memoria a pasear por lejanos horizontes.
Es en ese proceso de
leer -de acompañar- que el lector se vuelve consciente de su capacidad de
suspender personajes. Creo que ocurre después de que entiende que el ritmo de
la historia se adapta a su ritmo propio (a las pausas que hace, a los puntos y aparte
que pasa por alto), aunque bien puede ocurrir después.
No se trata de un
descubrimiento estruendoso, es silencio y sutil, delicado y capaz de dibujar
una sonrisa cómplice. Diría yo que sucede la primera vez que cerramos el libro
y arrinconamos nuevamente las páginas, una junto a otra. Ahí detenemos la
historia, oprimimos, sin oprimir, un botón de pausa, que no existe. Suspendemos
los personajes que se quedan quietos como pedacitos de polvo flotando en el
aire, forzados a esperar que el capricho de leer nos vuelva a palpitar en el
alma.
A veces, les toca
quedarse, pacientes, frente a la puerta de alguien al que temen ver; en el mar
a merced de un pez que aún no han visto o en la eterna noche a la espera de una
llamada. Otras veces, en cambio, tienen suerte y pueden reposar en el beso que
esperaron durante 30 páginas.
Suspender personajes
solo por suspender, porque el cansancio nos salió en bostezo o porque los
parpados caen ante el peso de la noche, no es una gran hazaña. Les pasa, sí o
sí, a todos los lectores. En cambio, el arte de suspender, solo es propio del
buen lector.
Esos, que se saborean
los libros, como dejándose seducir por el aroma que se esconde entre las
páginas, no paran al azar a menos que se les escape de las manos. Esperan
siempre un lugar seguro donde dejar al personaje; un punto entre las letras del
que no pueda escapar, en el que se quede quieto y no tenga oportunidad de
hacerse daño mientras no lo ven. Pero sobre todo, los que saben de suspender
personajes, paran el libro para prolongar los buenos momentos.
Es como una estrategia,
como una revolución en contra del tiempo. Con ello se niegan a que las páginas,
que saben que faltan, devoren el momento esperado demasiado pronto. Detienen la
historia para que no se quiebre, para que repose y sienta por un instante que
no hay más acontecimientos esperándola. Es su manera de decir quiero que acabe
aquí porque tengo miedo, miedo de que se dañe, de que me envuelva, miedo de que
se me entre en el corazón y nunca más vuelva a salir.
Suspendemos los
personajes reclamando una responsabilidad que realmente no queremos asumir. Lo
hacemos para exigir potestad sobre el punto final que no nos pertenece. Sin
vergüenza, lo hacemos para lavarnos las manos, para decirles a los personajes:
“si fuera por mí hasta aquí iría la cosa”, para pedirles perdón de que la
historia no acabe como ambos esperan, para dejarlos respirar mientras sonríen inocentes.
Lo hacemos sabiendo que
con ello no vamos a lograr que la historia termine. No es un misterio que así suspendamos
los personajes seis veces o solo dos, la historia va a continuar y acabara
siempre como acabo la primera vez. Pero lo seguimos haciendo porque es la última
herramienta que tiene el lector para luchar contra un final que inevitablemente
lo acecha unas páginas adelante. Finalmente, El arte de suspender personajes,
no es más que la oportunidad de sentir que la historia nos pertenece, aunque
sea un poco, aunque sea efímero.
Sara Betancur
Carvajal
Todos los derechos reservados
domingo, 13 de septiembre de 2015
“Pintar es volar”
Ángela está sentada en la silla, como siempre. Al
frente tiene el caballete y la hoja pegada con cinta de enmascarar. Al lado
izquierdo una tapa de Bon Yurt que juega a ser recipiente de agua, las
acuarelas; amarrilla, naranja y café. Al derecho un trapo con restos de otras
obras.
-¿Lo corro más? Pregunta doña Adela.
-Otro poquito. Responde Ángela moviendo la cabeza
hacia la hoja para comprobar la distancia.
Doña Adela acerca el caballete y le ofrece 4
pinceles en la mano.
-¿Con cuál va a pintar hoy?
Ángela los mira, evalúa sus tamaños. Ha decidido
hacer un caballo que la profesora Dora le mostró en la tablet. Lo primero que tiene que hacer es dividir el espacio y para
eso utiliza figuras geométricas. En este caso, como solo es la cabeza del
animal, tiene que hacer un círculo y dos triángulos.
Lo mejor es el pequeño, decide, y acerca la boca al
pincel de la mitad.
Le gustaría cogerlo con la mano, la izquierda o la
derecha, cualquiera. Pero tiene ambas sobre las piernas, como una niña a la que
le han enseñado buenos modales. Al igual que los pies, están amarradas con un
retazo de tela verde. El torso no escapa. También está sujeto a la silla de
cuatro llantas con unas correas que parecen los cinturones de seguridad de una
montaña rusa.
Acomoda el pincel moviendo los dientes. No es un
pincel común. Es una especie de figura fantástica. Como un centauro: mitad
caballo, mitad hombre, o como una de las formas que le gusta pintar a Ángela:
mitad árbol, mitad humano. Por un lado está la brocha, pero por el otro, la
parte de arriba de un sharpie que
perdió su tinta.
Baja la cabeza hacía al agua, unta el pincel y lo
pasa por la acuarela. Controla los movimientos involuntarios de su cuello
rebelde. Voltea a la derecha y lo limpia un poco en el trapo, no quiere que
chorree sobre el lienzo. Lo levanta y lo pone frente a la hoja. A punto de
tocarla para. Las manos y los pies no dejan de moverse, parecen espectadores
impacientes. Ángela respira profundo, intenta calmar los temblores de su cuerpo,
no está dispuesta a permitirles que le dañen el trazo.
Los movimientos merman un poco y el pincel toca por
fin la hoja; la recorre despacio. Una línea amarilla va apareciendo a su paso,
es corta y frágil. No pasa mucho antes de que el pincel se seque y Ángela tenga
que repetir el proceso de nuevo.
El cerebro tiene infinidad de funciones, pero todas
podrían dividirse en dos grandes grupos. Las habilidades motoras y las
habilidades cognitivas. Ángela tiene las habilidades cognitivas intactas. En su
mente es una mujer de 24 años común y corriente que se ríe de los chistes de
doble sentido y entiende las
complicaciones de una cirugía. Pero la parte motora no le responde. Parece
desconectada. Su cerebro lanza todo el tiempo impulsos sin propósito. Mueve los
pies y las manos de Ángela como y cuando le da la gana. Ella da la pelea,
intenta controlarlos, pero el cerebro es más fuerte y casi siempre gana.
“Es una Cuadriparesia Espástica Severa”, explica Ana
Cristina Galeano, directora de Artesas, la institución a la que Ángela asiste.
Un nombre complejo para referirse a un problema complejo. Cuadri significa cuatro y se refiere a las cuatro extremidades del
cuerpo: las manos y los pies. Paresia
quiere decir que es parcial. Diferente a plejia
que significa total. Parcial porque Ángela puede, a veces cuando el cerebro
está cansado de batallar, moverse voluntariamente. Espástica significa rígida,
lo que finalmente traduce que sus músculos no están relajados e impotentes,
sino rígidos, como en un esfuerzo constante. Bueno, y de severa, no hay mucho
que explicar.
Cuadriparesia Espática Severa es el término médico
para decir que la mente está atrapada en el cuerpo.
No es una enfermedad genética. Se trata de una
complicación prenatal. Es decir, que sucede al
momento del nacimiento, cuando por diferentes razones el bebé no alcanza
a recibir en el cerebro la cantidad de oxigeno que necesita. Con Ángela no fue
así. El parto, al igual que el embarazo, transcurrió sin complicaciones. El 17
de julio de 1990, faltando cinco minutos para las 12, Ángela María Rubio
Quintero respiró el primer aliento de vida como un bebé común y corriente. El
problema vino después.
“Las enfermeras la colocaron boca abajo”, cuenta doña
Adela con la resignación de un dolor que no ha encontrado respuestas en el paso
de los años. Ese error, pequeño, lejano, le provocó a Ángela un paro
respiratorio de media hora. “Cuando la revivieron me dijeron que había
convulsionado y que ya no sería la misma”.
A los cinco años, mientras un chico en algún lugar del
planeta jugaba a construir mundos imaginarios, Ángela convulsionó por segunda
vez. “Fue ahí cuando realmente supe la magnitud del problema”, explica doña
Adela.
Las vueltas no han parado desde entonces. Doña Adela
ha tenido que buscar ayudas que el Estado no tiene, o que dice tener, pero que
se quedan en escenarios de papel que no alcanzan magnitudes reales.
La única ayuda que pasó de ser idea a convertirse en
realidad fue el subsidio de discapacidad que ofrece la Alcaldía. Pero para eso
doña Adela tuvo que hacer una fila desde las 5 de la mañana hasta las 6 de la
tarde en La Alpujarra. Mientras Ángela la esperaba en una cama incapaz de
moverse, derramando lágrimas que gritaban hambre y sed.
La experiencia les dejó dos cosas: una, el subsidio de
la alcaldía, (120 mil pesos bimensuales) que aunque no alcanza para mucho, es
algo. Y dos la estrategia de los
pajaritos.
“Nos volvimos como pajaritos, explica Ángela, si ella
sale y se va a demorar yo le pido que me marque dos veces al teléfono. Si en
cambio está cerca solo me tiene que marcar una. Yo no puedo contestar pero al
menos sé qué me espera, y estoy más tranquila”.
Antes de toparse con el arte eso era todo lo que
Ángela recibía al mes. Pero un día, como un encuentro inevitable planeado por
el destino, Ángela descubrió lo que sería el motor de su vida.
“Tenía 10
años. Era diciembre y mi mamá estaba sacando todo lo que no servía y en esas
cosas había una cerámica empezada a pintar y se me ocurrió pedírsela. Ella la iba
a botar porque tenía una rajada. Yo se la pedí y le dije que si me compraba
vinilos y pinceles. Lo primero que pinté fueron manchones, pero vi que era
capaz y seguí pintando”.
La cerámica, una vaca pintada con machas irregulares
de color pastel, está hoy al lado de la cama donde Ángela duerme. Parece un
diploma alcanzado con esfuerzo. “Es una reliquia”, dice doña Adela. Y tiene la
razón. Esa vaca, que para quien no
conozca la historia carece de todo sentido, tanto estético como trascendental,
es el símbolo de la capacidad que se esconde en la palabra con la que el mundo
califica a Ángela: discapacidad. Esa vaca es la prueba de que ella es más que
el término médico que intenta encasillarla.
Han venido muchos trabajos después de ese, cada uno
mejor que el anterior. La casa de Ángela, un corredor largo y oscuro, es su
propia galería de arte. En la sala hay cuatro cuadros. Todos de ella. El de la
pared de la izquierda lo pintó a los 11 años. Son peces y mariposas nadando
juntos en un océano de azul vinilo. Es el que más le gusta. "Me ofrecieron
comprármelo, pero no. Tiene más valor que eso". El segundo de la pared de
la derecha es un bodegón de flores. El que está más cerca de la entrada es un
pájaro azul que sobrevuela un paisaje perteneciente a una realidad lejana e
intangible. Y el último es un árbol con cinco pájaros en las puntas de sus
ramas que esperan pacientes el fin del atardecer.
El talento de Ángela no encontró apoyo en Colombia,
pero sí en Suiza, donde por razones del destino conoció la Fundación de
Pintores con la Boca y con el Pie, de la que ahora es miembro activo. Recibe un
apoyo económico para sus estudios y envía obras dos veces al año. Participa en
exposiciones fuera de las fronteras de un país en el que la palabra arte parece
ajena. “Si alguien se enamora de un cuadro de ella, puede comprarlo. Cuenta
doña Adela. Pasó una sola vez, le compraron una pintura por cinco millones
ochocientos. La fundación le envía el 10 por ciento”.
Aquí, en cambio, la situación es otra. También expone,
a veces, en pequeños recintos que todavía creen en el arte. También hay gente
enamorada de sus pinturas, por su puesto, pero es un amor que muere cuando
Ángela propone los precios, (100 o 200 mil pesos). Finalmente seguimos siendo
ciudadanos de mentes pequeñas en las que no cabe el verdadero valor del
arte.
Pero a Ángela no la afecta. No le importa lo que la
gente piense de sus pinturas, ni el
sudor que baja por su cuello a cada pincelada. Ignora las sacudidas que da su
cuerpo sin avisarle. Hace caso omiso y sigue pintando, trazando un mundo que
está en su cabeza y que nadie más que ella puede ver en totalidad.
“Pintar es volar” dice, porque es eso lo que hace.
Ángela vuela con alas hechas de vinilo que le salen invisibles a los lados de
la silla de ruedas. Vuela por paisajes de colores que nacen en cada pincelada
de imaginación, que su boca y el pincel, como dos cómplices de viejos tiempos,
plasman sobre el lienzo.
Sara Betancur Carvajal
lunes, 7 de septiembre de 2015
Como una sombra
Cuando era pequeña mi mamá manejaba con un cojín en la espalda. Quería estar lo más cerca del volante que le fuera posible. La hacía sentir segura. Como era bajita se consiguió el cojín.
– ¿Es difícil manejar? Le preguntaba yo siempre. –No, me respondía ella mirando al frente, es solo difícil al principio. Después se te vuelve de memoria.
El problema con las cosas que se vuelven de memoria es que uno ya no las piensa, no son actos conscientes. Suceden en un ...lugar de la cabeza que está escondido. En la parte de atrás, creo.
Hay muchas rutas para llegar a casa. He probado casi todas. Pero la que más me gusta es la del puente. Me siento en otro lugar, lejos. Cuando lo recorro de un lado al otro y las luces en lo alto van quedando atrás me parece que el cielo se ve más bonito.
La autopista se sentía inútil recorrida por tanto silencio. Me parece loco cómo la ciudad cambia. Es como si el sol la agitara, la llenara de afán. Luego, de noche, es otra cosa. No había luna, creo, no sé, no miré, estaba ocupada cantando.
Cerré las ventanas porque hacía frio y porque el ruido del viento me molesta a veces. Me suena parecido a cuando el televisor se daña y la imagen se la comen unos puntitos blancos y negros. Fui demasiado consciente de que estaba sola y le subí a la música. Era una canción viejísima, de cuando tenía las manos más pequeñas.
Para coger el puente hay que dar una curva. Una curva grande, que parece el tramo de una escalera en espiral. No me acuerdo a cuánto iba cuando la cogí, no me acuerdo si quiera si todavía sonaba la misma canción o había pasado otra. Manejaba de memoria.
Creo que lo primero que vi fue la bicicleta. O tal vez fueron los ojos. Estaban abiertos de par en par, no sé si llenos de miedo o de sorpresa. Creo que él tampoco. Pero diría que era una mezcla exacta de ambas cosas.
El movimiento del carro me recordó al del carrito de monedas que había siempre afuera del supermercado donde de pequeña acompaña a mamá a mercar. Fue como si saltara, pero no como se salta cuando se tiene la intención de volar, sino como se salta cuando quiere uno desafiar la solidez del suelo. Algo se rompió abajo, como la cascara de un huevo. Frágil y para siempre.
Frené después, las llantas chillaron, nerviosas. Me entró de repente un frío como de otro tiempo. Un sabor a pánico me recorrió la boca. Me obligué a mirar por el retrovisor, no quería. La curva estaba atrás, siniestra, cómplice. No pasó nada me dije, no pasó nada. Pero ahí estaba, podía verla. Junto a la bicicleta, tendida en el suelo, una masa inerte como una sombra.
Sara Betancur
Todos los derechos reservados.
lunes, 31 de agosto de 2015
Un viento de otro norte
El
lugar era el mismo. La forma del techo del balcón arrinconaba la luz y le ponía
límites en línea recta sobre el suelo. Las mesas en los mismos sitios, como lunares
condenados a nunca moverse.
Me
senté en la esquina, como aquella vez. Me parece ahora que hay algo de anhelo
en las costumbres. La matita del lado se había vestido de un verde primaveral.
No como cuando vinimos. Esa vez estaba dormida. Ahora tenía todas las hojas
despiertas y juntas, como pájaros que intentan darse calor.
Eran
cuatro, las conté. En la primera, la que queda cerca del pasillo, estaban dos
mujeres distraídas en sus celulares. Al lado de la mía no había nadie, pero en
la que quedaba diagonal, una pareja se miraba a los ojos y sonreía. No los miré
demasiado tiempo. Hubiera terminado encontrándoles similitudes y me hubiese
perdido como si estuviera viendo la película de lo que pudo ser. Además, ya
sabes que mirar por demasiado tiempo, siempre termina pareciendo un acto de
mala educación.
El
mesero me saludó, creo que me reconoció. Estar sentada en el mismo lugar, fue
una pista demasiado contundente. Me preguntó si esperaba a alguien y me quedé
callada, no supe responderle. ¿Esperaba a alguien? Me pregunté mientras él me
miraba en silencio. No, le dije. La persona a la que esperaba no iba a
necesitar de otro mantel, ni de un par adicional de cubiertos. Pregunta mal,
quise indicarle cuando lo vi alejarse en busca del té que le había pedido, debe
preguntar si viene alguien más, no si espero a alguien. Ambas preguntas no caben
en la misma respuesta.
Tomé
el té con pitillo y sin darme cuenta.
Cuando lo terminé, no quedaba ya nadie en ninguna de las cuatro mesas y los
bordes de la luz en el suelo habían perdido la rigidez. Por un segundo me perdí
mirando al frente, a la silla vacía, y me pareció ver el humo de tu cigarrillo
flotando, como atrapado. Me recordó a alguien que no se mueve porque tiene
miedo de que todo cambie.
Pero
no había ni humo ni cigarrillo. No era más que la ilusión de un recuerdo que
intentó materializarse. Me vino a la memoria un poema que leí hace ya mucho
tiempo, cuando tenía la mente más joven. Hablaba sobre los lugares en los que
dos personas coinciden sin saberlo. Los tactos que se sobreponen inocentes,
como parte del juego del destino, del que conocemos tan poco. Sentí que esa
silla guardaba aún algo de tu esencia, que el eco de las risas pasadas había
logrado aferrársele a la piel.
Cerré
y abrí los ojos dos veces, con fuerza. Como sabes que hago siempre que un
pensamiento amenaza con salírseme de la cabeza. Es inevitable pensé, es
inevitable esperar. Retirarse, dejar de buscar, aceptar, negar, correr,
quedarse. Todas son decisiones que dependen de nosotros. Pero esperar, no.
Esperar no nos pertenece. Esperar es una decisión del alma y como todo lo que
tiene que ver con el alma, escapa a toda orden.
Finalmente
no somos tan diferentes de los árboles, me dije. Podemos movernos, sí. Pero,
como ellos, parecemos estar siempre esperando algo ajeno a nosotros mismos. Un
viento quizá, que venga de otro norte. O un soplo de cinco de la tarde que suene
a esperanza cuando se mezcle entre las hojas.
Sara Betancur Carvajal
Todos los derechos reservados
martes, 21 de julio de 2015
Dos ventanas, un sueño
El viento se ha ido de vacaciones.
La noche negra, el calor infernal, las ventanas de las casas abiertas de par en
par en una súplica silenciosa. Ella parada junto a la suya, con los mismos ojos
curiosos que ha tenido siempre. En frente otra ventana, cerrada. Debe ser la
única, se dice, la única en el mundo.
En la repisa
hay un vaso que ha querido jugar a los disfraces y hace de florero; en él una
flor amarilla como la de un guayacán solo que más pequeña y menos real; al lado
una lámpara de vela, sin vela, sin luz; de vidrio verde y con unos arabescos
que le recuerdan a los vitrales de una iglesia. Los destellos de luz que se
desprenden del televisor encendido, como cada lunes por la noche, le dan forma
al espacio.
Si se queda
sentada, donde está, no puede ver nada más. Curiosa se levanta un poco,
despacio, con cuidado de no hacer ruido; como si pudieran escucharla, como si
el sonido pudiera quebrar el momento.
Ahora puede
verlo. La mujer parece concentrada, el hombre en cambio parece estarle diciendo
todas las palabras que se sabe. Ella no puede escucharlas, pero se las imagina.
Hay un momento en el que los dos se miran, como si existiera entre ellos un
puente capaz de escapar a la realidad. Ella parpadea, dos veces. El, ni una
sola. Luego se acercan, de a pocos, como quien camina sobre un sueño y se
besan justo antes de que la pantalla se funda en negro y aparezcan los créditos
bailando de abajo para arriba.
El hombre,
sentado en un sofá que en la oscuridad parece no tener color alguno, toma con
potestad el control y hace que las bailarinas letras desaparezcan. La luz que
entra por la ventana es ahora lo único que permite ver la escena, que a la sombra
parece más joven. El hombre del sofá se para, acomoda su pantalón y pone las
manos a ambos lados de su cabeza. Le parece, a ella, que quisiera taparse los
oídos para que no se le salgan a chorros los pensamientos. Cierra los ojos con
fuerza y cuando vuelve a abrirlos baja de nuevo los brazos y camina arrastrando
los pies, como si la vida le pesara, hasta que sale de la habitación.
La mujer en
la ventana vuelve a sentarse. Entrecierra los ojos en un esfuerzo sutil por
encontrar las ideas. Las caras de los personajes del televisor se le dibujan en
la memoria. Le parece que ya los ha visto, en otra parte, en otra vida. No sabe
por qué, pero tiene la sensación de que los conoce de algún lado. Parpadea
varias veces para ahuyentar la duda, pero la pregunta no se va, permanece ahí como la última esencia de
un sabor que se niega a abandonar la boca.
Sara Betancur Carvajal
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